Carolina Saichann

Transición profesional: ¿quién dijo que hay que dar un salto?

Transición profesional: ¿quién dijo que hay que dar un salto?

Pensar una transición profesional no siempre implica romper con lo anterior. A veces, el verdadero trabajo empieza antes: cuando una persona se anima a mirar su recorrido desde otro lugar y a construir, paso a paso, una próxima etapa posible.

Hace poco me invitaron a participar de un espacio de networking entre profesionales para conversar sobre transición laboral. La mayoría de los participantes eran personas con años de experiencia, trayectoria, conocimiento acumulado, roles construidos y responsabilidades concretas.

Inicialmente, la conversación giró en torno a temas bastante esperables: la situación actual del mercado, el uso de la IA en los distintos ámbitos laborales, la posibilidad de emprender y cómo volver a pensarse profesionalmente después de muchos años de recorrido.

Luego llegó el momento de intercambiar miradas, compartir experiencias y poner sobre la mesa las inquietudes que aparecían en esta etapa de transición. Y ahí hubo algo que me llamó particularmente la atención. Había un común denominador entre los comentarios: una especie de vértigo que fue apareciendo con distintos nombres — el salto al vacío, el día después, la renuncia, la pérdida de estructura, el miedo a tirar por la borda todo lo construido durante años.

La trampa del blanco o negro

Porque cuando una persona ya construyó una carrera, ocupó roles de liderazgo, tomó decisiones desafiantes, sostuvo equipos y atravesó problemas complejos, la transición no es solamente un cambio de actividad — toca algo mucho más profundo: la identidad profesional.

Por eso, muchas veces, la transición se piensa en blanco o negro. Me voy o me quedo. Renuncio o sigo. Emprendo o continúo en relación de dependencia. Cambio todo o no cambio nada. Como si no hubiera matices. Como si pensar en una posibilidad nueva fuera una forma de deslealtad hacia el lugar que todavía ocupo.

Y quizás ahí haya una trampa. Porque en el mundo de las organizaciones nadie pensaría una transformación importante de esa manera. Cuando una empresa quiere abrir una nueva línea de negocio, planifica, arma hipótesis, releva información, evalúa recursos, mide riesgos, prueba y ajusta. Nadie supone que tener una primera idea obliga a implementarla completa al día siguiente.

Sin embargo, cuando se trata de nuestra propia trayectoria, muchas veces nos exigimos una certeza imposible antes de empezar a movernos. Queremos saber si va a funcionar antes de explorarlo. Tener definida una nueva identidad profesional antes de empezar a construirla.

Mirar el mapa antes de saltar

Hace tiempo atravesé mi propia transición profesional. Después de muchos años en relación de dependencia, sentí la necesidad de hacer un cambio, pero la idea me aterraba. Era una mezcla de deseo, incertidumbre, responsabilidad y miedo a desarmar algo que me había llevado mucho tiempo construir.

Por eso, mi transición no fue un salto. Fue un proceso. Empezó cuando pude decir en voz alta lo que me estaba pasando. Cuando empecé a evaluar opciones, abrir conversaciones, tomar decisiones graduales, armar nuevas redes, explorar posibilidades y revisar qué quería hacer con mi experiencia.

No tenía todas las respuestas desde el inicio. Lo que tenía era una inquietud que necesitaba empezar a escuchar. Un salto concentra todo en un momento. Un puente, en cambio, se construye de a tramos. Permite mirar mejor el punto de partida, probar el terreno y avanzar sin perder de vista lo construido.

Un cambio de perspectiva

Muchas veces la transición empieza dentro de la misma organización: cuando una persona se anima a proponer una iniciativa, tomar un problema que nadie está mirando, sumarse a un proyecto transversal o empezar a intervenir desde una mirada más consultiva. No necesariamente porque ya sepa exactamente cuál será su próximo paso, sino porque necesita empezar a probarse en otro lugar.

También hay otra forma de empezar: tomar esa idea que viene dando vueltas en la cabeza y trabajarla con más seriedad. No para convertirla inmediatamente en un emprendimiento, sino para bajarla a tierra. Para entender qué tiene realmente de deseo y qué tiene de oportunidad. Para revisar qué parte de la propia experiencia puede transformarse en un diferencial.

Visto así, la transición deja de ser una escena en blanco o negro. Empieza a tener matices, ensayos, conversaciones, hipótesis y movimientos posibles.

Explorar también es avanzar

Cuando acompaño procesos de transición profesional, suelo introducir una idea que considero clave: explorar también es una forma de ponerse en movimiento. No es tomar una decisión definitiva de un día para el otro, pero tampoco es seguir postergando eso que hace tiempo viene haciendo ruido.

Explorar implica pasar de la inquietud difusa a un trabajo más concreto: mirar el recorrido con otros ojos y empezar a reconocer qué parte de la experiencia acumulada puede convertirse en insumo para una nueva etapa laboral. Para profesionales con muchos años de recorrido, esta diferencia importa. Y mucho.

Porque no se trata de empezar de cero, sino de traducir todo aquello que se construyó en nuevos recursos, nuevos formatos y nuevas formas de aportar. Explorar es una forma de construir claridad. De distinguir mejor qué conservar, qué transformar, qué probar y qué dejar de sostener.

Ese fue mi principal aporte en la jornada de networking: la posibilidad de empezar a pensar las transiciones de una manera menos vertiginosa y mucho más transitable. Porque ¿quién dijo que hay que dar un salto? A veces, antes de saltar, hace falta mirar el mapa. Y otras veces, al mirar el mapa, descubrimos que no necesitábamos saltar: necesitábamos empezar a construir otro camino.

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